¿Puede el yoga ayudar de verdad cuando llega un diagnóstico de cáncer, o es solo una promesa de bienestar genérico que no tiene en cuenta lo que realmente se está viviendo? Esa es la pregunta que nos llevó a hablar con Adriana Jarrín, profesora especializada en yoga oncológico y autora del libro Yoga en tiempos de cáncer, escrito junto a oncólogos, psicooncólogas y neurocientíficas.
Adriana no habla desde la teoría. Empezó a practicar yoga después de su segunda quimioterapia, con 26 años, y desde entonces ha convertido esa experiencia personal en una metodología que hoy acompaña a personas con cáncer, a sus acompañantes, a profesores de yoga y a personal sanitario. En esta entrevista nos explica qué es exactamente el yoga oncológico, por qué la ciencia respalda su efecto sobre el sistema inmunitario, y cómo se adapta a cada síntoma del proceso: fatiga, insomnio, linfedema o la ansiedad antes de una prueba médica.
Qué es el yoga oncológico
El yoga oncológico combina tres especialidades distintas: yoga terapéutico, yoga sensible al trauma y hatha yoga. No es una clase de yoga suave con otro nombre. Cada sesión se diseña a partir de dos preguntas concretas: qué limitaciones físicas tiene la persona por la cirugía o el tratamiento, y qué está viviendo a nivel emocional en ese momento del proceso.
A partir de ahí, la práctica se orienta a la rehabilitación física de las zonas afectadas y, en paralelo, ofrece herramientas para gestionar el impacto psicológico de la enfermedad. Adriana lo resume como un trabajo de empoderamiento: no se trata de bienestar general, sino de darle a la persona recursos propios frente a algo que no controla.
Puedes ver la entrevista completa en mi plataforma XLYStudio
Por qué el yoga fortalece el sistema inmunitario frente al cáncer
Nuestro cuerpo produce células cancerosas de forma constante, y un sistema inmunitario que funciona bien las identifica y las elimina antes de que la enfermedad se desarrolle. Cuando ese sistema se debilita, por herencia genética o por factores como el alcohol, el tabaco o el estrés sostenido, pierde parte de esa capacidad. El cáncer, explica Adriana, es una enfermedad multifactorial en la que rara vez se puede señalar una sola causa.
Los estudios científicos que cita Adriana muestran que una práctica sostenida de yoga durante el tratamiento fortalece el sistema inmunitario por dos vías. La primera es el sistema linfático, que recorre el cuerpo en paralelo al sistema cardiovascular y que, a diferencia del corazón, no tiene un motor propio: necesita movimiento para funcionar bien. El movimiento moderado del yoga activa ese sistema y mejora la capacidad de identificar células cancerosas. La segunda vía es la relajación del sistema nervioso, que reduce la inflamación general del organismo, el terreno en el que el cáncer encuentra condiciones más favorables para desarrollarse.
Hay además un efecto actitudinal que Adriana considera igual de importante. Cuando una persona está en movimiento, deja de ocupar únicamente el lugar de paciente que espera lo que le indican los médicos y empieza a agenciar recursos propios. Ese cambio, de esperar a actuar, tiene un efecto medible tanto en la respuesta inmunitaria como en cómo se siente la persona con la enfermedad.
El contenido de este artículo es informativo y no sustituye la valoración de tu equipo médico. Si tienes cáncer o estás en tratamiento oncológico, consulta siempre con tu oncólogo antes de iniciar cualquier práctica física o de respiración.
Cómo se adapta el yoga oncológico según el tratamiento
Los dispositivos médicos habituales, como un PICC o un portacath para la quimioterapia, no suelen suponer un obstáculo para practicar. Lo que sí exige atención son los efectos secundarios más frecuentes: el linfedema, las náuseas, los mareos y el vértigo.
Cuando hay riesgo de linfedema, tras una extracción de ganglios o radioterapia, se evita cargar peso sobre las zonas afectadas. Para eso el yoga terapéutico aporta soportes como bloques o la silla, que permiten seguir practicando sin sobrecargar el brazo o la pierna. Cuando hay náuseas o vértigo, las posturas invertidas quedan descartadas, y cada postura se adapta al plano en el que resulte segura: de pie, en silla o en esterilla. Adriana insiste en un matiz que cambia el enfoque completo: no se trata de qué no puedes hacer, sino de qué sí puedes hacer y de qué manera te beneficia más en ese momento concreto del tratamiento.
También hay ejercicios de respiración contraindicados en ciertas fases del proceso, razón de más para practicar siempre con una profesora o profesor especializado que conozca el momento exacto del tratamiento en el que se encuentra cada persona.
Yoga para la fatiga oncológica
La fatiga es uno de los síntomas más transversales de la quimioterapia, la radioterapia y la inmunoterapia. No solo responde al desgaste físico de la enfermedad, sino también al estrés acumulado, y descansar más no la reduce. De hecho, según explica Adriana, tiende a acentuar el encamamiento.
Lo que sí reduce la fatiga oncológica es la activación, no el reposo. Una práctica regular es una razón concreta para levantarse de la cama y moverse hasta el centro donde se practica. Un sistema inmunitario más fuerte y un cuerpo que trabaja físicamente generan una sensación de fortaleza que retroalimenta ese cambio actitudinal del que hablábamos antes. Los estudios que menciona Adriana son consistentes en este punto: la práctica regular de yoga disminuye la fatiga mientras mejora la actitud y la sensación de vitalidad.

Un ejercicio para la ansiedad antes de una prueba médica
Es muy habitual sentir angustia antes de una prueba médica, y no todas generan la misma ansiedad: a algunas personas les afecta más una densitometría, a otras un TAC. El primer paso, según Adriana, es identificar cuáles son esas pruebas concretas para poder prepararte para ellas, igual que te preparas en ayunas antes de una analítica.
Este es uno de los recursos que trabaja con sus alumnas y que se puede llevar a la sala de espera del hospital:
- Enraízate al llegar. Desde que entras por el pasillo, camina con fuerza, siente cada paso y presiona con las piernas contra el suelo. Esto ayuda a volver al cuerpo y a salir de los pensamientos anticipatorios.
- Siéntate con los pies en el suelo. Evita cruzar las piernas. Nota el contacto de tus pies con el suelo y el de tu espalda con el respaldo de la silla.
- Coloca las manos sobre el abdomen. Puedes mantener la mirada en un punto fijo o cerrar los ojos, según te apetezca.
- Respira en dirección al abdomen. Inhala notando cómo se eleva bajo tus manos, y exhala suavemente sintiendo cómo se relaja. Intenta que la inhalación y la exhalación tengan una cadencia similar.
- Repite unas 20 respiraciones, o mantente así hasta que llegue tu turno.
- Cierra con un gesto de contacto, un suave masaje en el abdomen, frotarte las manos o acariciarte las piernas.
Nadie a tu alrededor tiene por qué notar que lo estás haciendo. Es un recurso silencioso que puedes repetir cada vez que lo necesites.
Yoga para dormir mejor durante el tratamiento
El insomnio es otra secuela muy frecuente, y muchas personas terminan normalizándolo. Adriana recuerda algo importante: el cuerpo necesita ese descanso para regenerarse y para que la respuesta inmunitaria sea favorable, así que dormir mal no es un detalle menor del proceso.
La relajación del sistema nervioso que trabaja el yoga favorece una mejor calidad de sueño y ayuda a regular los ciclos circadianos, para que la fatiga y la activación no aparezcan en el momento contrario al que corresponde. Adriana propone preparar el momento de dormir con un pequeño ritual, como una ducha caliente, y después tumbarte en postura de relajación para ir soltando conscientemente pies, piernas, espalda, hombros y brazos. Si en ese proceso aparece ansiedad o cosquilleo, se puede reconocer sin resistencia y acompañarla con movimientos suaves o con una respiración pausada, como la respiración cuadrada: inhalar, retener, exhalar y mantener sin aire, los cuatro tiempos iguales.
El linfedema y por qué la prevención importa tanto
El linfedema es una consecuencia habitual del tratamiento, sobre todo en cáncer de mama con extracción de ganglios, y también puede afectar a las piernas. Una vez que se desarrolla, puede remitir, pero no se cura del todo, así que la prevención es la prioridad real.
El yoga en sí mismo no provoca el linfedema, sino cómo se carga el peso del cuerpo, tanto dentro como fuera de las sesiones. Por eso el yoga oncológico incorpora bloques, silla y otros soportes que evitan recargar las zonas afectadas, y por eso Adriana insiste en acudir siempre a sesiones especializadas en esta etapa del proceso.
Otra narrativa del cáncer: relacionarse en lugar de luchar
Uno de los capítulos del libro de Adriana aborda algo que atraviesa toda la conversación: la narrativa social de la lucha contra el cáncer, la idea de las personas guerreras que vencen la enfermedad. El problema de ese discurso es lo que deja fuera: qué pasa con quienes han puesto todos los recursos a su alcance y aun así no superan la enfermedad.
La propuesta del yoga oncológico va en otra dirección. En lugar de entrar en confrontación con el diagnóstico, invita a construir una relación con él, con momentos armónicos y también con rabia, tristeza o soledad. Identificar la emoción en el cuerpo, sentir cómo se manifiesta cada una y buscar un recurso concreto, como el enraizamiento o una respiración suave, permite transitarla sabiendo que toda emoción tiene un principio y un final. Nunca vivimos en un estado absoluto de tristeza, ni tampoco de felicidad.
El papel de los acompañantes
Las personas que acompañan a alguien con cáncer suelen quedar en un segundo plano, y sin embargo cargan con un desgaste emocional y físico real. Adriana ha observado incluso una sincronía peligrosa, cuando el acompañante empieza a hablar en plural (“nos han puesto el tratamiento”) y pierde su propio espacio como persona.
Por eso recomienda reservar momentos de autocuidado real: mantener una alimentación propia, seguir socializando sin que la conversación gire siempre en torno a la enfermedad, y prestar atención a señales como el cansancio constante, los dolores de cabeza o el aumento del consumo de alcohol o tabaco. En las sesiones que Adriana ha dado en hospitales para personas en cuidados paliativos, era frecuente que quienes se quedaran dormidas durante la relajación fueran precisamente los acompañantes, porque por fin podían soltar la guardia sabiendo que alguien más estaba cuidando a la persona enferma.
Por qué Adriana empezó a practicar yoga
Adriana comenzó a practicar después de su segunda quimioterapia, con 26 años. Al principio fue sobre todo un espacio propio, algo que hacía por y para ella, más allá de lo que le indicaban los médicos, y eso tuvo un efecto empoderador que la sacaba de la cama. Con el tiempo notó que le faltaba un componente emocional que la parte física del yoga no cubría del todo, y esa búsqueda la llevó a formarse en yoga sensible al trauma, la pieza que hoy sostiene la parte emocional de su metodología.
Esa combinación, yoga terapéutico para la rehabilitación física y yoga sensible al trauma para el soporte emocional, es lo que hace del yoga oncológico algo distinto a practicar yoga en general durante una enfermedad.
Reconectar con tu cuerpo, a tu ritmo
El cáncer no solo transforma la vida de quien lo vive, también la de quienes lo acompañan. El yoga oncológico ofrece un camino concreto para sentirte más en calma con lo que estás viviendo y para reconectar de una forma amorosa con tu cuerpo, en lugar de sentir que te ha traicionado.
Si quieres profundizar en esta metodología, te invitamos a la sesión que tenemos grabada en XLYStudio, donde Adriana muestra la adaptación de la práctica y el lenguaje que usa para acompañar esta reconexión con el cuerpo.
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Namasté.
Xuan Lan es instructora de yoga y meditación mindfulness. Tiene formación en Vinyasa (200 h), Jivamukti (75 h), Dharma yoga (200 h), Intensivo de Ashtanga (50 h) y Yoga para trauma (20 h). Además, también ha estudiado Gestión del estrés y Regulación Emocional con Mindfulness en la UOC (Universidad Oberta de Catalunya).
Es autora de 3 libros: "Mi diario de yoga", "Yoga para mi bienestar" y "La buena hija vietnamita".

